Nada es para siempre

El otro día escuché una frase en un espacio de humor en la tele que decía: “Si quieres algo para toda la vida, compra un piso y échate una larga hipoteca”.
A día de hoy, como dije en otro post y en anteriores y más antiguos post, la sociedad evoluciona sus valores y el concepto de matrimonio es muy distinto al que existía, no estamos hablando ya de hace quinientos años, cuando el amor no entraba en ninguna variable por la que la gente se casaba, sino incluso en el concepto de matrimonio burgués que tenían mis abuelos, allá por los principios del siglo XX, donde lo importante era que tu pareja fuera de buena familia, más o menos sano y de buen parecer y de trato y costumbres amables. Ya el amor si eso iría surgiendo o no a lo largo de los años, lo importante era formar una familia y no romper el statu quo de pertenencia social.
La sociedad contemporánea introdujo la variable amor como vínculo indispensable para el matrimonio, pero al estar bajo el control patriarcal de las familias, la mujer era la que tenía que sacrificarse en todo momento y al hombre se le permitían libertades tales como juergas con amigos y amantes.
Sin embargo, leyendo la mayor parte de la literatura del siglo XIX y XX te das cuenta de que las mujeres “que se salían del tiesto” eran duramente castigadas, véase el caso de Ana Karenina.
A finales del siglo XX llegó por fin el divorcio, afortunadamente para muchas mujeres y hombres atrapados en relaciones que les oprimían y que hasta el momento habían tenido que sobrellevar como podían.
Pero el tema hijos sigue siendo el gran problema de los divorcios, porque las parejas pueden romperse pero los hijos es un vínculo para toda la vida, independientemente de con quién se emparejen los padres. Sin embargo, sigue siendo un dolor de cabeza y el arma arrojadiza para seguir alimentando el odio entre los ex.
El por qué las parejas se rompen es muy complejo pero creo que es porque evolucionan por separado y llegan a un punto en el que no se reconocen remando al unísono.
Generalmente cuando se tienen hijos se está muy ocupado atendiéndolos pero también la vida es algo más que limpiar culos de bebé o cocinar a destajo. Cada uno tiene sus ilusiones y sus esperanzas en lo que la vida ofrece y, ciertamente, si el horizonte sólo consiste en repetir n veces la rutina acabaremos como Shrek, firmando un peligroso contracto con el demonio  Rumpelstiltskin para poder disfrutar de un día de jolgorio y diversión.
También ocurre algo que no tiene nada que ver con todo lo anterior, que yo lo llamaría “Física y química”.
Cuando conoces a alguien estando receptivo para el patrón amoroso, tarde o temprano se produce un click, una liberación rápida de hormonas que genera un estado de estar “en las nubes de algodón subidos a lomos de unicornios rosas”. Literalmente es un chute de los buenos.
Las hormonas del amor duran lo que duran, unos meses, como mucho un año y poco más. A la naturaleza lo único que le importa es que haya atracción para reproducirse y mantener al cachorro vivo un par de años, más allá parece que no es necesario mantener el estado de “cuelgue” por el otro
Pasado ese primer tiempo de enamoramiento, ya no se siente lo mismo, pero aun así, seguimos enganchados a la pareja por costumbre, pasamos a la segunda fase donde no hay enamoramiento pero sí apego fuerte, que nos ayuda a permanecer con esa persona más tiempo, siempre y cuando no haya problemas graves o no se nos “cruce alguien por medio”…
Hay bastantes estudios que dicen que esto ocurre entorno a los siete años. Incluso hace diez años una eurodiputada llegó a insinuar ante la media de este tiempo de duración de los matrimonio en la UE, que se renovasen cada ese tiempo, de modo que no se diese por sentada la duración eterna.
Como decía al principio, si hay un proyecto de vida en común, cierta atracción física y la convivencia y el entendimiento son fáciles, es muy posible que la pareja continúe más allá de esos siete años. Pero claro, si falla lo anterior es posible que tarde o temprano nos demos cuenta de que “That’s all Folks”. ¿Y entonces qué? Porque un divorcio no es algo fácil ni inmediato, a pesar del divorcio exprés. Primero hay que pensar en cuestiones prácticas, como es el caso de dónde vas a vivir, con qué recursos y qué va a pasar con los hijos y cómo minimizar el impacto.
No es fácil y esto hace que haya parejas que viven separadas de hecho aunque convivan bajo el mismo techo, yo he conocido a más de una que pasaban olímpicamente de lo que hiciera cada uno mientras se pusieran de acuerdo en cómo compartir gastos o criar a los hijos.
Actualmente puede ser el origen de las parejas abiertas, pero como dije en otro post, es algo peligroso porque puede acabar en enamoramiento de un tercero por alguna de las dos partes y ruptura sin remisión de la simbiosis establecida, que no se puede llamar ya pareja.
Pero si algo estaba mal ya de antes, el acabar así no es más que un formalismo yo creo. Aun así, hay muchas relaciones de simbiosis por ahí mal llamándose matrimonio que siguen dando una fachada al exterior mientras el interior son cuatro paredes y poco más. Aquí donde vivo conozco más de un caso y encima tienen la hipocresía de celebrar bodas de plata y hasta de oro sin me apuran.
Con el advenimiento de la sociedad milenial las cosas están cambiando mucho. Yo pertenezco a la generación babyboomer de España y más en general, a la generación X mundial, la comprendida entre mediados de los 60 y los 80, que aquí en España se denomina “Yo fui a EGB”. Nos caracterizamos por habernos criado en un mundo analógico.  Todavía recuerdo cuando no había móviles ni casi teléfonos fijos, los chavales usábamos las cabinas de teléfono para contarnos confidencias a espaldas de nuestros padres que siempre andaban husmeando lo que hablábamos por el fijo,  desde luego era más complejo buscarse una excusa para bajar de noche lloviendo a mares y todo para contarle a tu amiga la faena que te había hecho el noviete y el disgusto que tenías o bien para encargarle a la hermana de tu idolatrado que le diera un recado de tu parte para quedar porque mejor no se enterase tu padre… Para andar por el mundo sólo teníamos mapas, callejeros y estábamos solos, si te perdías en una ciudad tenías que echarle dotes de boyscout.
Otra característica es que la muerte, los accidentes  y las enfermedades eran compañeras nuestras del día a día de tal modo que ni salían en las noticias, si acaso en algún periódico de sucesos como ocurría con El Caso. Mi generación era una generación reservada, que siempre ocultaba algo, que pasaba notitas por debajo del pupitre y se ruborizaba constantemente. Nuestras primeras experiencias sentimentales eran atroces y tremendamente dolorosas y encima tenías que bajar las orejas cuando tu madre te sentenciaba sin piedad: “Ya te lo había dicho que ese chico no era de fiar”.
La milenial es la comprendida entre mediados de los 80 y finales de los 90, que han prácticamente mamado el mundo digital. Se caracterizan (a mi entender) por ser más sensibles y tener menos miedo a revelar detalles de su intimidad o mostrar sus sentimientos, aunque hay excepciones. También creo que son más despiadados y menos considerados con los sentimientos ajenos, más narcisistas incluso. Analizando los programas típicos que gustan a los milenials como pueden ser las primeras ediciones de OT, GH, MHyVC, etc. te das cuenta de que un día aman sin mesura, al día siguiente rompen con odio, al tercer día lloran desconsoladamente y al cuarto en un ataque de celos le arrancan los pelos al rival…
Yo fui una chica incomprendida en mi generación. Al ser gótica y de valores y costumbres reaccionarios siempre fui tachada de muchas cosas, algunas ciertas y otras no. Generalmente hacía oídos sordos a todo lo que se decía de mí salvo, claro, que eso acabase causándome problemas laborales o haciéndome tener un conflicto serio con la familia e, incluso, llegó un momento en que agarré la puerta y esto último dejó también de importarme.
Recuerdo hace poco que me agregó en Facebook mi profesora favorita de octavo de EGB, y el comentario que me hizo es que yo había sido siempre una chica especial, muy inteligente y sensible, trabajadora y bohemia. No encajaba en el estereotipo de empollona aunque me apodaban “Computadora”, “Alienígena” y lindezas por el estilo, y todo porque salía a corregir los ejercicios de matemáticas sin cuaderno ni nada por el estilo y explicaba con total naturalidad conceptos que le llegaba a costar explicarlos hasta a la profesora.
Lo de sensible era también cierto. Me volví introvertida pero en el fondo escribía mucho a lo Emily Bronte, tenía mucho mundo interior pero con los chicos era un completo desastre, salvo con amigos tan raros como yo del mundo gótico, músicos, artistas en definitiva, gente que vivía de una forma alternativa.
En la facultad me volví algo más mundana pero aun así no era del todo aceptada, lo primero por ser de un status social muy bajo que no me permitía acceder a su tren de salidas, excursiones, actividades, y lo segundo porque de vez en cuando salía mi vena de genio pitagorín y me tenían miedo. Sacar alguna matrícula de honor no me hizo muy popular y tampoco me sirvió para alcanzar el olimpo del doctorado porque no podía permitírmelo, tenía que conseguir ingresos para mantenerme y volar del nido lo antes posible.
Por eso es que hace poco he retomado el tema del doctorado. Pero a veces siento que los problemas de entonces vuelven como fantasmas del pasado. Nunca he dejado de ser en el fondo una veinteañera, a veces incluso me miro en el espejo y me sorprendo de encontrar algún signo de madurez porque en mi mente yo sigo teniendo la edad que tenía cuando estaba en cuarto de carrera y andaba soñando con ganar la medalla Fields al sacar la conjetura de Fermat. Por desgracia, la conjetura de Fermat la sacaron hace poco y no muy elegantemente a mi juicio pero eso da para otro tipo de posts. Sin embargo, mis sueños y ambiciones de explotar al máximo mi cerebro no han cesado y ahora que ya he sido madre y he cumplido los niveles elementales de la pirámide de Mashlow estoy en una fase de ascenso a niveles superiores. No obstante el riesgo es acabar perdiendo de vista los más bajos, esto es, causar la ruptura del tejido familiar creado.
Todo en esta vida no ocurre gratis, lo importante, como comenté el otro día en una charla, es tener una pasión por la que levantarte todos los días. Amar lo que haces y tener ilusión por lo que harás mañana.
La pasión sentimental ya hemos visto que no dura para siempre, pero, como decía Fray Guillermo de Baskerville a su discípulo Adso, enamorado de una sirvienta del convento:” La vida sería pacífica sin amor, Adso. Segura. Tranquila. Y monótona.

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