La soledad del Consultor IT


La verdad es que ayer fue uno de esos días en que, de repente, te preguntas por qué pensaste que el trabajo de consultora era mucho mejor que ser limpiador de fosas sépticas, asesino a sueldo, minero o escolta de Obama.

Ciertamente, ayer, destrozada y llegando a casa ya de madrugada, con cansancio infinito y hambre de lobo y todo el mareo en la cabeza de lo intenso que había sido el día, me hizo reflexionar sobre si yo realmente valía para esto o si no es que me estaba consumiendo porque me estaba tomando el trabajo demasiado en serio.

Quizás me crispo y desespero porque la angustia de pensar que puedo ser la parada número 4.000.001 y destrozarle la previsión al Zapatitos no me deja pegar ojo.

Pero el problema es que, el que vive con miedo, trabaja mal. El que piensa que si fracasa le van a descuartizar y echar a los leones o lo que es peor, que no va a poder pagar al banco la hipoteca maldita, está condenado irremisiblemente al fracaso.

Yo me fijo en mis compañeros.

Los que parten de familias acomodadas que jamás supieron lo que era tirarse como un lobo a un mendrugo pan o ir durante meses con los pies mojados porque las zapatillas “La Pava” tienen más agujeros que un hospital en Gaza, pues lo llevan estupendamente bien. Son capaces de trabajar porque les gusta, como un juego, y cuando no les gusta y no cumplen objetivos, no les importa que los echen.

Ya encontrarán otra cosa, o harán un master o se irán un año a vivir a Australia. Qué sé yo. Cualquier cosa menos deprimirse. Al fin y al cabo, siempre tienen a su padre, madre, novia, padrino o madrina (¿Por qué será que los ricos tienen padrinos, y yo ni me acuerdo de quién me acompañó a la pila bautismal porque seguro que fue la última vez que hizo algo por mí?)?

Y luego están los que han salido de la nada y quieren llegar a algo. Y se ganan a pulso día a día su ascenso, con compromiso, con tenacidad…Esos son los que sufren.

Tengo un compañero que tiene un currículo de sudor y sangre. Ha trabajado en cientos de empresas, ha ido a la Luna y ha vuelto, pero ahí está, intentando cuadrar lo incuadrable, salvar lo insalvable y sufriendo como un bellaco.

Y no es justo. No.

Luego está la charla de los jefes: Tienes que organizarte mejor , tienes que ser más eficiente, tienes que …¿Tengo qué cuándo? Mientras estoy en el frente luchando con las balas, perdone jefe que no me dé tiempo de hacer un flujograma con las tareas de la semana que viene ni haya enviado el informe mensual con el balance cuadrado….Ay Dios, esto es increíble.

Y lo peor es que hay jefes que se creen lo que dicen, como el mío, que se parece a Obama. Es voluntarioso, inteligente, elocuente, tenaz….Es tan perfecto que hasta se permite el lujo de compartir conmigo sus conocimientos, de darme consejos. Y esto ya consigue que me deprima más. Ayer tuve un momento nube negra de esos que piensas: ¿Y no hubiera sido mejor haberme metido a maestra en serio? Total, qué más da luchar con un monstruo de quince años, cualquier cosa menos la angustia de saber que estás siempre entre la espada y la pared, o sea: Entre el cliente y tu empresa. Y es una situación muy incómoda, y muy incomprendida. Tu equipo no entiende más que les estás exprimiendo, tu jefe sólo entiende de números y de satisfacción del cliente, y el cliente sólo entiende de contrato y te las intenta meter dobladas a poco que te descuides. Y si le plantas cara, acaba hablando mal de ti. O trabajas hasta fallecer o tu jefe va a recibir quejas. Pero encima, si trabajas mucho, tu jefe te acusará de ineficiente o de blando…Dios, qué vida.



Voy a mirar por si me ha tocado algo en la Primitiva, que es la única manera que veo de conseguir tener una vida normal.

Ah, como os prometí, voy a subiros unas fotos de mi barrio cuando nevó, para relajar el ánimo.

Os dejo que tengo que cenar algo o falleceré por inanición.

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