LAS UVAS DE LA IRA


Año nuevo y bisiesto. Empezamos bien...

En primer lugar, deberían quitar los 2 de enero del calendario laboral, porque se pasa fatal con el jetlag de nochevieja. O eso, o es que me estoy haciendo vieja, a pesar de que la Brain Training me diga que mi edad cerebral es de 24 años... Ja. Eso debe ser porque calculo a toda leche o tengo una memoria prodigiosa, pero lo que es la paciencia aguantando niñatos drogados por el metro en fiestas o la ilusión de salir por ahí a pasarlo bien se va minando año tras año...

O yo soy muy vieja o creo que cada año la gente jovenzuela se droga más y más y no sólo con el alcohol...He visto hacer tantas majaderías y paranoiadas más propias de un psicópata o asesino en serie que de un alcohólico festivo.

A ver, todos nos hemos emborrachado alguna vez, y yo la primera. Cuando tenía veinte añitos metía tanto alcohol en mi cuerpo en Navidades y algún que otro fin de semana que lo raro era encontrar algún glóbulo rojo flotando en el alcohol etílico que me corría por las venas. Vale, he visto doble, he vomitado en la calle, he dicho gilipolleces tremendas, he ido a trompicones por la calle y he perdido cientos de pendientes, pulseritas y horquillas del pelo. Al menos no he perdido la cartera ni he dejado que abusaran de mí estando en ese estado lamentable. Y salvo con algún cerdo que ha intentado abusar de mí o con alguna amiga más borracha que yo, no he buscado pelea.

Pero lo que jamás, jamás he hecho ha sido:
a) Patear con saña las papeleras del metro.
b) b) Destrozar con un palo las marquesinas de autobuses
c) c) Pegar a alguien hasta sacarle el hígado por la boca
d) d) Llamarle “hija de p...” a una venerable ancianita que no se aparta cuando intentas pasarle con la moto por encima
e) Echarle la pota en el pelo a un viajero del metro
f) Fumar porros dentro de un vagón atestado a más no poder quemándole el cuello del abrigo a la chica de al lado
g) Ponerme a bailar el cocoguagua haciendo de gallina caponata con los pantalones bajados y el culo al aire al borde del andén del metro
h) Tirar litronas al aire a ver si le rompo el cráneo a algún transeúnte.
i) Poner cinco kilos de pólvora de petardo en un contenedor de basuras.

Estas y otras lindezas es lo que he visto en el rato de ir y volver al sitio de la fiesta donde pasé la nochevieja con unos amigos y alguna que otra por el barrio donde viven mis padres que acapara más drogatas por metro cuadrado de todo Móstoles mal bautizado como “El rincón de los borrachos”.

Menos mal que el sitio y los amigos merecieron la pena pero las odiseas en el Metro, la suciedad asquerosa por doquier, la gente drogadísima y super agresiva, y las, como no, habituales putadas que nos hace Metro de Madrid averiándose la línea que teníamos que tomar para llegar al garito, me pusieron de muy mala leche – Confieso que esto en contagioso, porque a mí me daban ganas de sacar una metralleta y acabar con tanta gentuza que hasta me asusté por los pensamientos criminales que se me pasaban por entre ceja y ceja...

Cada día pienso más y más que el día de Nochevieja debería celebrarlo en casa tranquilamente, solita o con mi pareja y luego salir otro día con mis amigos como si fuese ese día, uvas incluidas. O eso o volverme viejecita del todo e irme a una marisquería con orquesta para abueletes del Imnserso como hacía un matrimonio amigo de mis padres. Claro que mi fuerte no son los pasodobles ni creo que amigo alguno aceptase semejante oferta de pasar la noche.

De todos modos confieso que me gustaría ser rica para poder ir a la gala de fin de año de la ópera de Viena. Ahí estaría yo cenando bogavante – Que creo que jamás lo he probado – Y luciendo tipazo con un vestido de esos que podrías barrer toda la basura del metro con sólo pasar andando por los vestíbulos... Por supuesto el teatro de la ópera de Viena está más limpio que la patena y se podrían comer sopas de lo brillante que reluce...

Bueno, cambiando de tema. Todavía no voy a hacer balance y buenos propósitos. Es demasiado pronto y primero tengo que poner el cerebro en modo operativo tras las minivaciones que he pasado en Málaga. He visitado también Córdoba, he montado en burrito en Mijas y me he atracado de gambas rebozadas y mejillones tigre. No me extraña que mi primo haya decidido echarse novia allí y mudarse. Yo porque ya tengo la vida medio hecha en Madrid que si no me iría para allá mañana mismo... Málaga me recuerda a cómo era Madrid hace veinte años antes de que se volviese una réplica del Bronx neoyorquino.

Además de hacer turismo y pasar unos días agradables, también he aprovechado mi visita a esa ciudad para hacer compras. Es increíble pero las mismas cadenas de tiendas que en Madrid no tenían mi talla de pantalón o de botas allí tenían incluso más variedad de tallas y colores.

O la gente allí arrasa menos en las tiendas o aquí en Madrid las chicas se dan en dos variedades: La anoréxica y la extra gorda mientras que en Málaga hay más tallas para las chicas normales o algo rellenitas como yo. Y creo que una talla 36 del H&M que viene a ser una 40 de hace veinte años de cualquier tienda de ropa normal, no es una talla precisamente para chicas extra gordas ni para anoréxicas...

Lo que llevo peor es lo de limpiar la casa y hacer los deberes de alemán y francés. He limpiado algo y he ordenado pero no lo suficiente aunque buenas palizas me he metido los días que no estaba liada con el viaje o las quedadas con amigos que sólo ves en Navidades (por desgracia). De francés me terminé el libro que tenía que leer pero me queda hacer el resumen que es lo peor porque tengo que redactar un montón. Y de alemán me queda por hacer una redacción que no hay por donde cogerla. Ah y un par de hojas de ejercicios de gramática que me pondré ahora en un ratín a hacerlos.

Me consuelo pensando en que tenemos un largo fin de semana por delante pero oh, me acuerdo ahora que no he terminado las compras de Reyes...Jolín, que sangría esto de las Navidades. ¿Os podéis creer que hasta el día 27 que no pisé Málaga no me llegó el “Espíritu Navideño”?

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