De luna de miel

Hola a todos. Mañana mi querido maridito O. y yo nos vamos de viaje de novios a Tenerife. El sábado todo fue bien en general, y eso que hubo un momento al mediodía que yo creía que me iba a dar un ataque de nervios.

Los nervios no eran por el paso que iba a dar, sino por el cansancio y el agobio de que toda la planificación se pudiera ir al carajo y acabar no llegando o no llegando en condiciones a la iglesia.

El viernes por la noche estaba tan agotada y con un dolor de espalda tan fuerte que creí que me iba a dar un ataque de ciática de nuevo. Menos mal que vino O a ayudarme. Luego llegó tarde el de las flores y me fui, luego me di cuenta de que no le había pagado, buff. Después buscando la entrada al hotel, un reto para el GPS más inteligente. Después, que le fue pasando lo mismo a todo el mundo, fueron llegando tarde y así ocurrió que no me dio tiempo a comer, actividad que tenía programada para las 3 de la tarde, después de calcular que habría terminado la peluquera y antes de que llegara el pelotón de amigas a ayudarme a vestirme. Después y aunque mi hermana bajó a comprarme algo, la cafetería estaba cerrada. Y yo no había traído nada de picoteo porque ya no me cabían más bultos en el maletero: Maleta con ropa, zapatos, necesser, mochila con más aperos de maquillaje y cosas necesarias, vestido de novia con una funda enorme, el ramo....

El del coche que alquilé se confundió con la dirección de mi novio, y me llamó cuando las chicas intentaban a la carrera colocarme el vestido para que no se me viera el suje y otro pelotón engancharme las medias al liguero.

No me extraña que en el siglo XV las damas de la corte necesitaran seis doncellas y tres horas por la mañana para vestirse.

Luego el fotógrafo, sacándome más fotos que a la modelo portada del mes de Vogue. Desde ahora empiezo a respetar mucho más el oficio de modelo. Sobre todo porque yo soy incapaz de sonreir relajada cuando en mi móvil se están agolpando tres llamadas críticas.

Para proseguir, deberían inventar pañales para novias. Nadie me había contado lo imposible que era entrar a echar un pis en un baño diminuto con un traje que lleva más capas que una cebolla, braguitas y liguero que no deja bajar las braguitas para que te puedas agachar a echar el pis. Y si encima te está a punto de bajar la regla (me bajó este finde) pues peor que peor.

La guinda la pusieron los zapatos ajustados y la manía del fotógrafo de meternos por sitios peligrosos, donde me venía a la mente el temor de romperme una pierna y tener que acabar la noche en la cama, pero de un hospital.

El remato vino de que al no comer, estar pendiente de todo el mundo y tomar que si champán a la entrada, que si vinito, que si copita, y encima me tomé dos ibuprofenos y la pastilla para la diabetes, me cogí una cogorza con gastritis que ni os cuento... Al final la noche de bodas se convirtió en la mañana de bodas, pero mereció la pena esperar, porque O estuvo de sobresaliente, y por suerte la regla me bajó varias horas después, buff.

Lo más importante y lo que mejor recuerdo es la mirada de asombro de O cuando me vio en la Iglesia, así vestida tipo dama rococó. Pero le gustó mucho y luego nos relajamos mucho en el restaurante, y no digamos ya al día siguiente.

Ahora toca ya la parte más interesante de todas: El viaje de novios.

Perdonad que no escriba mucho más, a la vuelta os cuento más detalles, como los balazos de arroz que nos arrojó S (mi ex) que yo creo que el muy bruto nos quería matar más que felicitarnos.






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