Factores Críticos del Fracaso: Bienvenidos a la España del "Remero y los 40 Jefes"

Como funcionaria TIC me enseñaron a analizar los Factores Críticos de Éxito de los proyectos. Esto es, los factores que iban a determinar si un proyecto TIC podría llegar a buen puerto. Pero en la situación actual en España, si fuera un aspirante político a ganar las elecciones del 29N debería ir haciendo un análisis de los Factores Críticos del Fracaso de esta España que ha pasado de fantasear con una silla en el G8 a convertirse en un sistema operativo obsoleto, lleno de parches, colgado en bucle y rozando la quiebra técnica propia de un país en vías de subdesarrollo.» La imagen de un sistema LZB con un monitor de fósforo verde años 90 lo dice todo. Lo que de verdad hay en la trastienda tras un escaparate de Milla de Oro.Una fachada reluciente, moderna y pagada a precio de oro, sustentada por una infraestructura obsoleta que aguantan con celo y estampitas tres técnicos al borde del infarto.

En el mundo de la tecnología sabemos que cuando un sistema falla estrepitosamente no es una casualidad; es un problema de arquitectura de gestión. Y para entender cómo está diseñada la arquitectura institucional de este país, nada mejor que acudir a la parábola definitiva de nuestra competitividad: la regata entre el equipo japonés y el equipo español.

Si quieres explicar la estructura productiva y la burocracia de este país, no busques gráficos del Banco de España. Acude al clásico chiste de la regata entre el equipo japonés y el español:

  • La primera carrera: Se da la salida y los remeros japoneses se despegan desde el primer momento, llegando a la meta con una hora de ventaja. Tras analizar la derrota, la dirección descubre el pastel:

    • Equipo japonés: 10 remeros y 1 jefe de equipo.

    • Equipo español: 10 jefes de equipo, 3 asesores externos, un comité de igualdad, un observatorio de la remada y... 1 remero.

  • Las medidas de reestructuración: Para la siguiente regata, la empresa española (léase: la administración pública o cualquier gran corporación patria) decide tomar cartas en el asunto. La nueva tripulación está formada por: 1 jefe de servicio, varios jefes de sección con pluses de productividad por "optimización de sinergias", auditores externos del observatorio de servicios públicos, vigilantes jurados, un par de directores de marketing colegas de un ministro, una Jessica de turno que no hace más que pesar en el barco y... el mismo remero, al que además se le han recortado los incentivos porque el fracaso anterior mermó los beneficios.

  • El resultado: En la siguiente carrera, el equipo japonés llega con horas de ventaja. Los japoneses ya están tomando sushi y diseñando chips cuánticos mientras el barco español sigue intentando aprobar los pliegues de la bandera.

  • La conclusión del comité: Tras una durísima reunión de tres días en un hotel de lujo con catering incluido, la dirección llega a la brillante conclusión de que el remero es un incompetente. ¿La solución? Despedirlo, sustituirlo por un becario sin cobrar o externalizar el remo a una empresa multiservicios constituida el martes pasado por el cuñado de un alto cargo.

El gran problema de España no es que las cosas fallen de vez en cuando; el problema es que nos hemos acostumbrado a vivir en una eterna provisionalidad donde lo raro es que funcione algo. ¿Cómo si no puede salir el ministro Puente que más bien debería llamarte Muerte a decir que el sistema LZB falla 170 días al año y nunca pasa nada?

Casi medio año en "modo a ver si hay suerte". En cualquier empresa privada o sistema crítico del mundo, una tasa de fallo así provocaría dimisiones en masa, auditorías forenses y comités de crisis. Aquí se despacha con un encogimiento de hombros, una rueda de prensa surrealista y un "es lo que hay, no sean ustedes agoreros". El problema real según Oscar Muerte es que el único remero del Centro de Control en mitad del caos se equivocó. 

Uno viaja a Japón y se asusta: los trenes llegan a la hora exacta (con un margen de error de segundos y el maquinista pidiendo perdón si se retrasa un suspiro), las calles están impecables y las instituciones responden.

Aquí, en cambio, hemos comprado el pack completo del desastre cotidiano:

  1. La fachada de la Milla de Oro vs. el Fósforo Verde: Nos venden innovación digital, fondos Next Generation y portales web ultramodernos, pero levantas la alfombra y la trastienda de la infraestructura nacional sigue corriendo sobre un monitor de fósforo verde de los noventa que se cuelga si sopla un poco de viento.

  2. Burocracia de Champions, servicios de tercera: Para pedir cualquier licencia o trámite en la administración pública necesitas un máster en paciencia y tres certificados digitales que no se entienden entre sí. Eso sí, para cobrarte el impuesto correspondiente, el algoritmo de la Agencia Tributaria actúa con la precisión y la velocidad de un misil balístico. Con todo el mundo menos con el amigo de ZP, o con la infanta, eso sí.

  3. La impunidad del "Fallo Técnico": Se ha normalizado tanto la chapuza que la avería recurrente ya no es una vergüenza institucional: es simplemente el parte meteorológico. "Hoy llueve, hay niebla y no funciona la C-4". Y a otra cosa.

Y mientras el entramado económico se desmorona entre comités de expertos que cobran por no decir nada, tenemos al ciudadano medio flotando en una nube de pepsicola mental gracias al móvil.

El Déficit de Atención generalizado es el lubricante perfecto de esta decadencia. ¿Cómo vas a protestar porque te suban los impuestos, te quiten la sanidad o te reduzcan el poder adquisitivo si estás completamente abducido viendo vídeos de 10 segundos en TikTok de un tipo cortando jabón con un cuchillo caliente o de un hámster cruzando un laberinto?

Ahí tienes la hipocresía flotante de una juventud supuestamente "indignada", capaz de montar un poblado Pitufo en pleno Sol, una kaleborroka con barricadas y rasgarse las vestiduras porque desahuciaron a Maricarmen de su casa de renta antigua, pero que hoy mismo organiza celebraciones y macrofiestas en la Puerta del Sol mientras España está de cuerpo presente. Todo es volátil, líquido y de usar y tirar. ¿Cómo vas a tener conciencia social o exigir infraestructuras del siglo XXI si tu capacidad de indignación dura exactamente lo que tarda en cargarse el siguiente Story de Instagram?

Nos han lobotomizado a base de notificaciones push y dopamina barata. Da igual que España parezca una mezcla entre una república bananera y un decorado de The Walking Dead: mientras haya cobertura 5G, un meme que compartir y una plaza donde hacer el circo con el estómago lleno y el cerebro apagado, la fiesta del desastre puede continuar. Falta sentido común, sobra postureo ético de pancarta y, sobre todo, falta la capacidad de conectar dos ideas seguidas sin mirar el teléfono cada 45 segundos.

Que cada cual vote en conciencia, si es que alguno sabe dónde la tiene.

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