SUS RILAS, o CÓMO REIRSE DE TODO UN PAÍS...

 Dicen que España es un país de refranes, pero parece que en los últimos tiempos el refranero popular ha sido desbancado oficialmente por la jerga de WhatsApp institucional. La última revelación de los informes sobre la crisis de Ceuta nos ha regalado una joya lingüística que retrata mejor que cualquier comisión de investigación el estado real de nuestra alta administración: «Sus rilas».

Para los profanos en la materia, procedemos a la traducción simultánea. Según el argot de trinchera y de los chats de seguridad, este prodigio de la contracción lingüística significa básicamente «ya se verá», «a saber si será verdad» o, traducido al castellano puro y llano, un rotundo «me importa un bledo y me da pereza».

La escena tiene guion de comedia negra: el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), que para eso están los servicios secretos, le escribe formalmente por WhatsApp al Gabinete de la Delegación del Gobierno con datos pormenorizados: oigan, que hay dos grupos en redes sociales con 180.000 seguidores organizando un asalto masivo a nado y por la valla para mañana a las ocho de la tarde, aprovechando que la fiesta de enfrente tiene a los vecinos ocupados. ¿La respuesta desde el vértice de la gestión territorial? Un escueto, elegante y despreocupado: «Sus rilas».

Y así, amigos, es como se gestiona la seguridad nacional.

La fábula de los galgos, los podencos y el «sus rilas»

Esto me recuerda poderosamente a una fábula clásica, adaptada a los tiempos modernos de los despachos con aire acondicionado.

Imaginemos una jauría de galgos y podencos institucionales en plena temporada de caza. El galgo avizor —llamémosle servicio de inteligencia— divisa a lo lejos una manada de jabalíes corriendo ladera abajo directos hacia el cortijo. El galgo, cumpliendo con su instinto y su sueldo, corre a avisar al podenco mayor del reino, que está cómodamente tumbado en la solana de la Delegación: —Oye, que vienen los bichos en masa, que arrasan con todo, ¡activa el perímetro!

El podenco mayor levanta perezosamente una oreja, mira el panorama con desdén, bosteza y responde: —Bah, sus rilas. Y vuelve a echarse la siesta.

Al día siguiente, el cortijo aparece arrasado, las vallas por los suelos y las gallinas desbocadas. ¿Qué hace entonces el podenco mayor? Pues coger el megáfono, plantarse ante la parroquia y jurar por Snoopy que a él nadie le avisó de que los jabalíes venían con tanta furia, que las bestias no traían plano de situación y que la culpa es, como mucho, de la meteorología. Los galgos, mientras tanto, miran el chat de WhatsApp con el visto azul clavado desde la víspera, pensando en la maravillosa utilidad de haber dejado constancia digital de su propia irrelevancia.

Las consecuencias de gobernar a golpe de «visto»

La gracia de la fábula se evapora en cuanto te das cuenta de que esto no va de animales de granja, sino de fronteras, crisis migratorias, seguridad ciudadana y dinero público.

El problema real de un «sus rilas» administrativo no es solo la chulería o la displicencia con la que se recibe una alerta del CNI; el verdadero drama son las consecuencias. Cuando los organismos encargados de coordinar la seguridad se toman los informes de inteligencia con la misma seriedad con la que un adolescente lee los términos y condiciones de una aplicación, el sistema hace aguas.

Lo grave no es que los servicios de información fallen detectando la amenaza —porque la documentación demuestra negro sobre blanco que la amenaza estaba más que avisada, con hora, fecha y canal—. Lo grave es que el filtro político y de coordinación de la Delegación decidió mirar hacia otro lado, restarle importancia y encogerse de hombros. Y lo más trágico es que, cuando el castillo de naipes se desploma y las costuras del Estado reventaron en la frontera, la coartada oficial consiste en salir en prime time a decir que los informes nunca llegaron o que la magnitud pilló a todos por sorpresa.

Cómo debería actuar la gente con mando de verdad

Para que un país funcione un poquito mejor que una comunidad de vecinos conflictiva, quienes ostentan galones de verdad —ministros, secretarios de estado, delegados con cartera— deberían aplicar unos principios básicos de gestión que parecen olvidados en el desván de la competencia:

  1. La alerta no se archiva, se escala: Si el CNI detecta un riesgo grave para la seguridad y el cargo territorial de turno responde con pasotismo, la cadena de mando militar e institucional tiene una obligación de oro: saltarse el eslabón vago, llamar a la puerta de la ministra de Defensa, cruzar el pasillo hasta el despacho del presidente o poner el grito en el cielo en el Consejo de Ministros. Para eso están los teléfonos rojos y los despachos oficiales; para usarlos antes de que la tragedia ocurra, no para redactar excusas después.

  2. Asunción de responsabilidades sin paños calientes: Si te avisan de que viene un camión sin frenos hacia la curva y tú estabas mirando el móvil, cuando te atropelle no culpes al empedrado ni digas que el camión era más grande de lo previsto. Asumir el mando implica apechugar cuando las previsiones se ignoran por pura pereza o incompetencia.

  3. Menos postureo de chat y más rigor operativo: Un Estado serio no se puede permitir que las alertas de seguridad crítica descansen sobre un hilo de WhatsApp donde se responde con coñas marineras. Si hay un aviso de inteligencia, se monta una célula de crisis de verdad, se despliegan los medios preventivos y se deja de jugar a la patata caliente con la competencia de quién asume el desgaste político.

Al final, ya hablemos de grandes crisis fronterizas o de las pequeñas trincheras cotidianas donde a uno le toca lidiar con la caradura ajena, la lección es siempre la misma: los irresponsables siempre buscan una excusa, los indolentes responden con un «sus rilas», y a los de abajo siempre les toca recoger los cristales rotos. Menos mal que, al menos, nos queda la ironía para desinfectar la vergüenza ajena. Debería dimitir el Gobierno entero y ser juzgados todos bien por negligentes, por pasotas o simplemente por falta de comprensión lectora. No me extraña que salgamos tan mal en el informe PISA, a las pruebas me remito...

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